Tan necesarios como imprescindibles

El sabor de Diego Urdiales en las Ventas de Madrid

Francisco Pavón

Observo los diferentes gustos del aficionado en cuanto al tipo de torero que desean ver en la actualidad y llego a la conclusión de que se produce una auténtica reacción cuando el toreo de toda la vida, ese de citar, templar y mandar sale a relucir. Todo el mundo habla del extraordinario momento de Emilio De Justo, de la faena de Juan Ortega, del gran cartel que se está fraguando en la localidad de Córdoba. Bajo mi criterio, buena noticia, sé sigue captando lo distinto, aquello que no se compra, lo que verdaderamente llena el alma y hace al espectador salir toreando de la plaza.

Vengo a decir esto, porque en los últimos años estábamos muy necesitados de estas formas de interpretar, conceptos clásicos basados en los cánones que siempre marcaron la profesión desde el comienzo de su historia. No pretendo desprestigiar a nadie, toda admiración y mérito del mundo porque ahora se hacen cosas impensables a los toros, pero la tauromaquia estaba cayendo en la monotonía, sometimiento y espectacularidad. Todo muy bonito, todo perfecto, según mi punto de vista, vacío de contenido, sin ninguna trascendencia en mucho de los casos ¿Esta mal? Todo lo contrario, son faenas instrumentadas de forma ejemplar que merecen por encima de todo muchísima seriedad y respeto.

Soy totalmente consciente, son solo unos pocos los elegidos para desarrollar las bonitas formas de las que les hablo, me atrevería a decir que nacen con ellas, para después ahondar y buscarlas a través de la profundidad durante el trascurso de su trayectoria. También tienen su tiempo, suelen ser carreras duras que hay que saber esperar para verlas en plenitud. Cuando se encuentran en su punto álgido, sale a relucir lo llamado “hacer el toreo”, entonces, todo es felicidad, la locura se desata en grado superlativo provocando un auténtico éxtasis por los tendidos. Todo el mundo de acuerdo, rendido ante tales efemérides. Como vibró Las Ventas con Diego Urdiales y los toros de Fuente Ymbro en aquella feria de Otoño y como soñó Sevilla en la noche mágica de Aguado, claros ejemplos de lo anteriormente mencionado, estas dos tardes quedarán en la retina, cuando pase el tiempo diremos “tu te acuerdas cuando…”, nunca se olvidan.

En cierto modo ha resucitado está tendencia algo perdida por el bien común de la fiesta, Joselito se alimentaba de Belmonte y viceversa, juntos provocaron la revolución marcando el camino a seguir. Esto no puede pasar desapercibido, tan diferente como complementarios, cada uno con sus características, el de la Alameda de Hércules, el dominio y la figura absoluta, el de Tabladas, la expectación y la búsqueda de lo infinito llevaron la tauromaquia a la cúspide transcendiendo hasta nuestros días.

La historia está escrita por algo, para comprenderla, llevarla a cabo e intentar adaptarla al momento de ahora, por esto digo que esta clase de toreros son tan necesarios como imprescindibles, porque necesitamos de ellos para gritar un olé profundo salido de muy adentro y porque son una parte fundamental que debemos sabes captar y conservar por encima de todo.

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