Rozar la excelencia

Francisco Pavón

En el recuerdo, la antología del maestro de maestro José María Manzanares padre en la goyesca de Antequera, la media eterna de Morante en la Maestranza, El Juli y Cantapájaros, la encerrona histórica de José Tomás en el coliseo romano de Nimes… Tardes que marcan, detalles que quedan en la retina de todos los aficionados para el resto de los restos, la autenticidad de la profesión en el más amplio sentido de la palabra con total profundidad.

Muchas veces nos olvidamos del verdadero protagonista de este bonito mundo, el toro, el que le da vida a la fiesta, el que la mantiene viva con sus arrancadas y embestidas. Hablando en estos términos, llevaba rondando esta idea por mi cabeza desde el primer momento en el que acabó la corrida, ¿Por qué no poner en los anales del recuerdo a la ganadería de Victoriano del Río por lo sucedido el viernes 18 de septiembre de 2020?

En mi corto camino por las inmejorables veradas de la tauromaquia creo que nunca vi un espectáculo tan completo si me centro en el juego ofrecido por los distintos ejemplares salidos al ruedo. De la rotundidad del tercero, lo tuvo todo, premiado con la vuelta al ruedo, al torrente de casta y bravura del quinto, pasando por las dulces embestidas del cuarto y las opciones que ofrecieron primero y segundo. Solo el sexto se salió un pelín de la línea viniéndose abajo, pero con humillación. Digno de reconocer sin ningún tipo de complejos, cuando las cosas se hacen de esta manera hay que decirlo, va a ser muy difícil volver a ver lo que vimos, muy pocas veces se consigue lo conseguido.

Se presentó el hierro de la Y por territorios galos con un auténtico corridón de toros propicio para cualquier plaza de primera categoría como era el caso, serios, muy hondos, parejos y de hechuras formidables. Así, iban saliendo uno tras otro a medida que la intensidad de la tarde aumentaba, de mitad en adelante se adquirieron cotas altísimas. Todos con ese punto de movilidad y fuerza tan necesarios, no se cayó ninguno, en el caballo también cumplieron con nota. Casta, bravura, prontitud, dulzura, templanza, obediencia, clase, cada uno con sus diferentes particulares características protagonizaron un extraordinario espectáculo de principio a fin.

La alegría me la llevo cuando escuchó a Pablo del Río decir por los micrófonos de Canal Plus que Despreciado, número 154, tercero de la tarde, venía de un semental contrastado en el que tenían puesta muchas esperanzas y que en el cuarto también tenía depositada muchísima fe, fueron los dos mejores. Señales evidentes de tener la ganadería metida en la cabeza, de saber lo que pueden llegar a ofrecer sus correspondientes productos, esto no es ni mucho menos una ciencia exacta, pero esta vez el ganadero acertó con creces, sabía la corrida que llevaba a la plaza.

Victoriano del Río vino a Nimes con los deberes hechos, escogiendo al milímetro lo mejor que rondaba por los cercados de “El Palomar” para mantener el status conseguido a lo largo del tiempo y dar un golpe sobre la mesa en este confuso año. No había titular que no resaltará el comportamiento de los toros, no había aficionado que no dijera “vaya corridón ha soltado Victoriano”. Como disfrutaría el patriarca desde el salón de su casa, era para sentirse muy orgulloso.

¿Los toreros?, quedo claro que Ponce es incombustible, el momento de Emilio de Justo y los destellos de Curro Díaz. Para mí el verdadero triunfo se lo llevaron los astados de la divisa negra y amarilla, cuyo mayoral debió acompañar al maestro de Chiva por la puerta de los Cónsules. Sencillamente la ganadería rozó la excelencia, en el toreo nunca nada puede ser perfecto.

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