¿Por qué sueñan los toreros?

Francisco Pavón

Todo aquel que se pone delante de un animal bravo es un ser especial inducido por algo que le llama la atención. Tal vez sea por descubrir nuevas emociones, por una cuestión de intriga, para intentar vencer sus propios miedos o para satisfacer su instinto personal. Cuando esto sucede se entra en un nuevo mundo, casi mágico, son sensaciones únicas llenas de incertidumbre difíciles de explicar, solo lo sabe el que lo ha vivido en primera persona, aunque sea con una simple becerra en el campo bravo. Cuando sale bien, en ese momento no te cambias por nadie.

El caso del que dedica su vida en cuerpo y alma a una vocación mas que a una profesión es diferente. Se trata de vivir para un animal ¿Qué significa esto?, me preguntarán ustedes.

Es sacrificar la infancia, alejarse de todo, vivir consigo mismo, pasar de niño a hombre con apenas 15 años. En este contexto coincido plenamente con las palabras pronunciadas por el maestro Pepe Luis Vargas “el toreo no debe ser una cárcel, hay tiempo para todo, pero la mente debe estar puesta en el toro las 24 horas del día y sobre todo tener muchísima afición”

Desde los inicios se empieza a fraguar en la mente de un joven una sensación de plena responsabilidad, una entrega absoluta fuera de lo normal, una disciplina de entrenamientos, unos estados de ánimos impropios para ciertas edades, subidas y bajadas emocionales de mucho peso. En definitiva, el toro forja a la persona con un ritmo vertiginoso, ya no solo con la espada y la muleta, escuchar la voz del ganadero, las experiencias del mayoral, ese sabio consejo que te da cualquier profesional durante una bonita charla.

Va pasando el tiempo, el torero recibe auténticas lecciones magistrales de la mano de la importante universidad de la tauromaquia, algunas gloriosas, otras muy duras, a la vez que se va descubriendo conforme trascurren los años. Llega un punto en el que ha asimilado cierta técnica y cierto conocimiento, en este preciso instante es cuando empieza a aparecer la verdadera autenticidad.

Todo es una búsqueda constante de sentimientos con el objetivo de plasmar delante del toro lo que es como persona, una comunión interior consigo mismo para imaginar lo que nadie sabe, se sueña con ese natural eterno de cintura a cintura, con el pecho mentido y la figura encajada, con ese lance meciendo el capote a compas como si del más sentido paso de palio se tratará, con aquella tanda que le viste a aquella referencia y con tus formas la quieres hacer tuya, con esa puerta grande imposible, anhelos de la infancia cuando de pequeño paseabas por los aledaños de la plaza, con esa faena celestial que sabes que nunca va a llegar, pero te persigue en cada una de las noches, en cada uno de los sueños.

Por esto sueñan los toreros, por esto esta profesión es tan grande, porque nunca se deja de aprender y cuando te crees que los has conseguido todo siempre hay un paso más para nunca dejar de soñar.

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