Ilustrado poeta en una emblemática ciudad

El verso callado de Morante de la Puebla

Francisco Pavón

Morante de la Puebla deja este año dos instantáneas dignas de cualquier colección de museo. Dijo Juan Belmonte que se torea como se es, que el toreo era una expresión del alma. El torero cigarrero es fiel espejo de las palabras pronunciadas por el genio de Triana. En él aúna el misterio, la construcción ancestral en el momento menos esperado.

Representa el pasado en el presente, una filosofía de vida llena de misticismo propio donde los sentimientos ocultos salen a relucir de la nada o de algo tan bello como de la propia naturalidad que es en sus palabras donde nace la autenticidad del arte. Cuando esto sucede provoca que todos entremos en una especie de trance divino que traspasa lo terrenal.

Transciende taurinamente para introducirse en su propio mundo y sacar de las sombras ocultas la interioridad de sus emociones. Diría Octavio Paz que el toreo es poesía en movimiento, Morante puede llegar a ser poesía sin su principal colaborador y sin su tesoro más preciado, la sensibilidad que nace de sus muñecas. Le basta con un simple gesto para alcanzar algo tan difícil como escribir el más preciado verso, eso que sirve de inspiración para poetas.

Córdoba fue testigo de algo extraordinario, en ese patio de cuadrillas se volvió al más puro barroquismo, a esos lienzos de Antonio Montes y Fuentes que tanto sirvieron de inspiración a Belmonte.

La mirada tan perdida como centrada, los hombros relajados, la figura erguida, la pose sentada con el capote de paseo apoyado en la pierna izquierda y la montera acompañando. Esas manos prodigiosas que tantas veces nos emocionaron bailando a su son, la derecha postrada, la izquierda algo inclinada sujetando los correspondientes enseres. Todo, antes de pisar el albero de tan emblemático coso, ese en el que impera la leyenda de los cinco califas (Guerrita, Lagartijo, Machaquito, Manolete y “El Cordobés”). Historia viva de la tauromaquia.

Imposible explicarlo, más que nada hay que saber disfrutarlo y captarlo con especial delicadeza. Así lo hizo la magnífica cámara de Arjona.

Frente al cristo de los Faroles con los últimos rayos de sol por testigo y esa tímida iluminación, la esencia misma. “Aquí vengo de la Puebla montado a caballo, me muestro ante ti para pedirte tú clemencia, para que la buena suerte me acompañe en la tarde” pareció decirle en la más absoluta intimidad. Impecablemente vestido, saludando con el sombrero, recordando tradiciones antiguas que tanto valor y señorío le dieron al mundo del toro.

Estampa para analizar que nos transporta a la esencia del campo unida a la religión, dos mundos aparentemente diferentes se complementan por mediación de un artista. Tiempos que se fueron, tiempos que no volverán, tiempos que Morante rescata.

Bajo mi juicio lo podemos considerar más que un torero artista, creador de una filosofía taurina-flamenca basada en la templanza, la improvisación y la despaciosidad. Templanza en su personalidad, don de la palabra y clamor de su lance, improvisación y despaciosidad en cada paso dado. Solo un nombre, José Antonio Morante de la Puebla y Córdoba por testigo.

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