Pablo Aguado y la dinastía de los toreros de Sevilla

Curro Pavón

La feria de Abril en pleno apogeo. Sevilla iluminada por el gran colorido que la hacen únicas en estos meses tan señalados. Viernes 10 de mayo de 2019. Pablo Aguado duerme a la Real Maestranza con dos faenas antológicas y la hace retroceder en el tiempo.

Allá por los años cuarenta, hubo en el barrio de San Bernardo un brujo que atendía por el nombre de Pepe Luís y se apellidaba Vázquez Garcés que marcó una época por tener la difícil cualidad de ser distinto a todos. No le bastó más para ganarse un lugar de oro en la historia del arte de Cuchares.

En medio del dominio ejercido por la fuerte personalidad, verticalidad y quietud de Manolete, surgió en la antigua Híspalis una tendencia alejada de la norma establecida. El toreo de Pepe Luís se identificada con la majestuosidad que desprende los rincones de Sevilla: el señorío de la calle Sierpes, la elegancia que sale de la nada por el barrio del Arenal, la gracia de Adriano, las rosas del parque de María Luisa, los naranjos en flor con el movimiento de la suave brisa y los prestigiosos jardines de Murillo.

Aunaba en sus muñecas muchísima sevillanía y sobre todo naturalidad en medio de la monotonía. Siempre escuché, en este caso leí, a los viejos críticos taurinos como el maestro Antonio Díaz-Cañabate realzar y alabar su figura sin ningún tipo de complejos. Algo tendrá el agua cuando la bendicen, en este caso, todo un manantial de sabiduría y finura para estar delante de la cara del toro. Hizo algo muy importante, recuperar las formas de Domingo Ortega que desgraciadamente no se tomaron como camino a seguir, las fiesta giro en torno a otros aires muy diferentes.

La estela, la seguirían su hermano Manolo y Curro Romero imprimiéndole el debido compás para torear con todo el cuerpo. Sus cites antes de iniciar las tandas eran de ensueño, sus pasos firmes, pero siempre pausados, trasmitían muchísimo respeto, aquellas salidas tan toreras llenaban la plaza a golpes de muchísima torería. El muletazo era corto, en la justa medida que alcanzaba el brazo, muy intenso.

Los cánones clásicos del citar, parar, templar y mandar se observan en Pepe Luis y Manolo Vázquez y Curro Romero con total esplendor. Sevilla quedaría impregnada de la belleza de estas formas para hacerlas propias y dar nombre a lo que hoy conocemos como torero de Sevilla. Tan fácil de escribirlo, tan difícil de entenderlo en su totalidad.

Ser torero de Sevilla para este humilde escritor inexperto y falto de historia para hablar con propiedad, es tener la sensibilidad innata para coger un capote con la misma yema de los dedos y acariciarlo con ternura sin tener que dar un lance. Sentir el miedo y la responsabilidad única de verte anunciado en la Real Maestranza y en cuanto se den las circunstancias idóneas entregarte a ella olvidándote del cuerpo sin ningún tipo de complejos. Ser aficionado en el tendido, pasear por el real con la clase y admiración que siempre despertó un matador de toros. Sentirte importante cuando llegue el momento para después pasar desapercibido.

Toreros de Sevilla fueron los Vázquez Garcés, Pepín Martín Vázquez, Manolo González, Curro Romero, Manzanares padre, Pepe Luis Vázquez Silva… y otros que se quedarán en el olvido. Morante y Paula es caso aparte que trataremos en otra ocasión, otro cuento para soñarlo. Todos los mencionados, en mayor o menor medida, basaron su tauromaquia en el relajo y la composición del cuerpo a través de la naturalidad. Algunos no llegaron a alcanzar la condición de figura del toreo absoluta, fueron algo más, toreros de auténtico culto para quedar en el recuerdo de los aficionados.

La ciudad de la Giralda hacía mucho tiempo que no encontraba a su príncipe, le faltaba un torero con los aromas que tanto anhelaba, tuvieron que pasar muchas noches en vela para ver cumplido el más preciado de sus sueños. Concretamente casi cuarenta años. Todo vuelve con el paso del tiempo y lo encontró aquel 10 de mayo de 2019.

Pablo Aguado bebe de todas estas clásicas fuentes para fundamentar y formar su tauromaquia. Aguado es agua que brota del Guadalquivir. La musa callada que resucitó a los duendes sevillanos e impregnó Sevilla con la naturalidad que imprime a sus muñecas. Aguado es la poesía que Gustavo Adolfo Bécquer hubiera escrito en una floreada tarde de abril contemplando la Giralda, un romance establecido con el toreo de la más bella y hermosa de las ciudades.

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