No me llores tierra mía

Plaza de toros de Cuenca

Francisco Pavón

Varias han sido las noches en las que la nostalgia ha hecho acto de presencia sobre las paredes de mi habitación, llevo tiempo queriendo escribirte, pero no encontraba el momento, ese preciso instante que me llevará a ello. Las cosas fluyen cuando fluyen, tal vez llegué tarde, pero las prisas en el toreo nunca fueron buenas. Personalmente nunca perdí la esperanza, siempre mantuve la fe intacta a pesar de todo lo que estaba cayendo. Pasadas dos semanas desde que se anunció la noticia sigo manteniendo ambas, aunque sé que este año no puede ser posible.

Cuenca se queda sin toros, esa gran feria de San Julián en agosto, invento de Maximino Pérez, consolidada de forma ejemplar dentro del calendario taurino no ha visto la luz. Al trabajo ejercido a lo largo de los años no se le puede poner una pega, el empresario ha luchado y defendido su plaza hasta situarla en primera línea a través de un equipo del que se sitúa al frente para navegar todos a una. Un auténtico bloque funcionando a la perfección con la precisión de los más preciados relojes suizos. Cinco mil abonados en una plaza de ocho mil trescientas localidades.

Por casualidad no creo que sea, todo es fruto de un sistema empresarial adaptado a los nuevos tiempos. Los carteles salen a la calle con muchísimo tiempo de antelación para su correcta difusión y planificación del aficionado, cuando se termina una feria ya se empieza a confeccionar la siguiente. No existen parones, ni pérdidas de tiempo, la dedicación es absoluta. Así se hacen las cosas. Sé que se ha intentado hasta el final, pero las condiciones no eran las más óptimas, todos conocemos la difícil situación que ha vivido la ciudad durante la pandemia siendo una de las más afectadas, en este caso la decisión adoptada ha sido la correcta. Muchísimo ánimo, dar por seguro que la vuelta va a ser muy grande.

Digo a los cuatro vientos que siento esta maravillosa tierra como si fuera mi lugar de origen, ir a Cuenca es como viajar en el túnel del tiempo para visitar a la antigua España. Su casco histórico, sus bellos paisajes de montaña, su gente llana y sencilla me cautivaron desde el primer momento. Vivir en ella es encontrar esa intimidad que todo ser humano necesita, disfrutar paseando al amanecer por la playa municipal, contemplar su parte antigua desde el puente de San Pablo, perderse por la catedral para descubrir sus rincones más preciados. Y cuando caiga la noche a la luz de las estrellas con la luna como amparo bajar muy despacito, escuchar el silencio de sus calles e intentar sentirse torero para buscar la avenida de los Reyes Católicos donde aguarda el más preciado de sus templos.

No me llores tierra mía,

si este año no suena tú portón.

No me llores tierra mía,

si este año no se escucha tú clarín.

No me llores tierra mía,

si este año no se abren tus puertas.

No me llores tierra mía,

si tu plaza de toros no ha relucido en agosto.

Como no voy a llorarte,

si he visto al aficionado desolado y hundido

Como no voy a llorarte,

si las puertas se abrieron e invadía la soledad.

Como no voy a llorarte,

si se escuchó mi portón y no había casi nadie en el ruedo.

Como no voy a llorarte,

si en mi albero un ángel depositó un ramo de flores blancas perfumando mi vacío.

Como no voy a llorarte,

si en mi plaza de toros se hizo el silencio por todos mis seres queridos.

Lo siento, no lo puedo evitar,

vivo del peso de los recuerdos,

del triunfo y del fracasó,

de emociones de verdad.

Un año sin toros,

es como vela sin alumbrar,

como barco sin rumbo,

como niño pequeño busca su caminar.

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