Leyenda viva truncada por el maldito coronavirus

De izquierda a derecha, Ricardo Gallardo, Borja Domecq y José Moya

Curro Pavón

Una fotografía lleva varias semanas rondando por mi cabeza, cuando la vi por primera vez no le di la importancia requerida. Pasado el tiempo comprendí el significado y lo mucho que decía por si sola. Podíamos ver una parte histórica de la tauromaquia, más allá de tres grandes ganaderos, tres grandes personas unidas por un denominador común, Jandilla, eran representadas.

Siempre dije que a una ganadería la podíamos considerar como fiel espejo del hombre. El campo es una universidad de vida llena de valores que luego son reflejados en el comportamiento del toro. Cuando embiste con bondad, templanza, codicia, humillación… es porque lo lleva en su interior, porque durante un proceso de selección estas son las características que su correspondiente propietario ha buscado y ha encontrado durante la lidia. La satisfacción que se produce es máxima, el trabajo de cuatro-cinco años se ha visto reflejado con mayúsculas.

Soy partidario de esta teoría, a la larga pienso que se cumple por muchas desviaciones que surjan durante el camino. En algún momento los caracteres salen a relucir, se produce una especie de unión entre animal y persona muy difícil de explicar.

Fraguar una leyenda ganadera es prácticamente imposible, alcanzar el olimpo y ser referencia para los propios compañeros es el mayor de los reconocimientos posibles. La historia de Jandilla se empieza a escribir allá por 1930 cuando Juan Pedro Domecq y Núñez de Villavicencio adquiere un lote de vacas procedente del duque de Veragua y sementales de Agustín Mendoza. Tras la muerte de este en 1937, su heredero directo, Juan Pedro Domecq y Díez provocó un cambio trascendental al comprar reses de origen Ibarra-Parladé, procedencia Conde de la Corte-Mora Figueroa. De la obra de este segundo ganadero deriva buena parte de la estirpe ganadera actual, por lo que su influencia es trascendental.  

Treinta y ocho años al frente donde le dio identidad propia al encaste Domecq y fue consolidando un tipo de toro capaz de aguantar en los tres tercios con muchísimas miras de futuro. Ganadero, también poeta, persona culta que dejó Jandilla en mano de sus hijos para siempre permanecer a través de las dehesas del cielo.  El recuerdo de Don Juan Pedro Domecq y Díez sigue vigente por los diferentes cercados, ahora son sus nietos los que llevan a gala este gran estandarte. Vuestro abuelo se sentirá orgulloso.

De 1975 a 1986 Fernando Domecq Solís cogería el testigo ejerciendo una labor fundamental hablando en términos de hechuras. Siempre buscó crear un animal armónico, bajo, fino de cabos y muy bien proporcionado, era un auténtico enamorado de la composición morfológica en todo su esplendor. Inició lo que hoy conocemos como toro de Jandilla. Fue en Zalduendo donde verdaderamente pudo desarrollar su gran proyecto ganadero con la misma simiente. No viví su época, pero adquirí los conocimientos necesarios cuando pude comprobar el reconocimiento por parte de todos aquel fatídico 20 de marzo de 2019, día correspondido con su fallecimiento.

Si esta pandemia ha sido dura, más para el mundo taurómaco. Nos dejaba Borja Domecq Solís el pasado 24 de marzo a consecuencia del covid 19 provocando una dura pérdida difícilmente olvidable, dejando un gran hueco vacío por los diferentes callejones y tendidos. Figura, maestro, sabio de las dehesas, indescriptible en el ámbito personal, bueno, noble y sensible hasta no poder más, sus puertas siempre estaban abiertas al igual que su gran corazón. Consiguió seguir la estela elevándola a lo más alto. Cuando su hermano Fernando le cedió el testigo las bases estaban asentadas, su éxito consistió en aunar todo el trabajo previamente realizado, pero creando el toro de primera y de las grandes ferias. Todo casta, bravura y nobleza sin perder la esencia marcada, todo Borja Domecq. Tarea dificilísima, proceso lento llevado a cabo a base de muchísima afición y paciencia que alcanzó su cenit en el primer tercio del siglo XXI.

Tiro de lo guardado en la retina, nunca fui de memorizar, ni de datos estadísticos y sí de quedarme con lo que la mente no olvida. Aparece Libélula, esa estampa junto a sus nietas pidiendo con muchísima insistencia el indulto de Horroroso en Valencia, toro que a mi juicio se le debió perdonar la vida y la tarde de la consagración de Pablo Aguado en la Real Maestranza, no se puede embestir con más lentitud rítmica. Así era Borja, templado y pausado.

Dejó la ganadería en el mejor momento, de Don Tello y Los Quintos salieron auténticas obras de artes nacidas de sus manos. Llegada la hora se fue como los más grandes, dando paso sin hacer ningún tipo de ruido a la cuarta generación, su hijo Borja Domecq Nogueras que continua la leyenda, aunque siempre se mantuvo al tanto de todo porque Jandilla fue su vida y el toro su principal compañero en este largo viaje hasta el final de sus días.

Vuelvo a mirar la fotografía, la contemplo en absoluto silencio, fijo la mirada. Don Borja Domecq ya no está entre nosotros, Don José Moya también nos dejó el pasado 18 de enero, solo queda Ricardo Gallardo. El Parralejo y Fuente Ymbro dos obras nacidas de la primera, tres ganaderías, tres amigos por encima de todo. Me doy cuenta del destrozo que ha provocado el coronavirus, me acuerdo entre otros de Don Pablo Lozano y de todos aquellos que nos dejaron.

Poco a poco se va la mejor generación de la historia, los verdaderos nostálgicos, amantes y románticos que lo dieron todo por la tauromaquia. Desgraciadamente sin la más sentida y merecida despedida.

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