Juan Ortega, la continuación de una clásica escuela nacida en la calle

Curro Pavón

Quiero recordar y no puedo, me gustaría retroceder en el tiempo y pasear por las calles de aquella Sevilla antigua, visitar la calle Betis y perderme entre los callejones que alumbran Triana en la oscuridad de sus noches más bellas. En este barrio, se escribió la que para mí es la etapa más bonita de la historia de la tauromaquia. La Edad de Plata, la edad de las imperfecciones, la del capote abajo, la de las muñecas prodigiosas, la de los detalles aislados, la de Curro Puya y Cagancho con la figura indiscutible de Manuel Giménez Chicuelo.

Se soñó como nunca, la esencia de aquellos cantaores con voz ronca y profunda plasmada en los ruedos. La gracia y el baile sin ningún tipo de ensayo ni escuela. El arte salido de la nada, solo de la propia inspiración y de los sentimientos más profundos. Nada era completo, pero al mismo tiempo se rozó la perfección con sus propias imperfecciones, de ahí la grandeza surgida en estos míticos años.

El toreo puro y verdadero dentro y fuera de la plaza. Desgarrador cuando salían las cosas, de pitos y broncas antiguas cuando la tarde se torcía. Todo surgía con una naturalidad infinita, con la pausa y el debido reposo que toda gran obra necesita. Fueron efímeras, grandiosas, sentidas, sensibles… con una carga emocional para exquisitos paladares y júbilo del público. Un simple lance era digno del más preciado de los cuadros. Las imágenes que llegan a nuestros días así lo corroboran.

Joselito dejó marcado el camino a Belmonte para que Chicuelo lo continuará y culminara Manolete. Para situarnos en el tiempo, partimos de la muerte de Gallito (1.920) y finalizamos en la alternativa del monstruo cordobés (1939). Entre el principio y el fin de este proceso de transición, surgió la magia del toreo eterno con unos entresijos fundamentales de máxima categoría. Se destapó el tarro de las esencias y los bolitas fueron a caer en Triana para escribir un nuevo compás por bulerías a través del toro. No se necesitó más que una muleta, un capote y dos nombres: Cagancho y Curro Puya, para crear música celestial con acordes caídos del cielo. Para la eternidad queda esta gloriosa página de fina pluma. Cosas solo al alcance de auténticos genios.

Chicuelo como ya mencioné, fue la figura, la persona clave, sin su aparición nadie sabe como podía haber trascurrido eso que el gran Pepe Alameda denominó el hilo del toreo. El toro Corchaíto marcó un antes y un después en la evolución taurómaca. La influencia de Chicuelo es tal que el propio Juan Belmonte le dio la alternativa en la Real Maestranza un 28 de septiembre de 1919 y este haría lo propio con Manolete en el mismo lugar indicado allá por 1939. Dos sucesos que nunca debemos olvidar y que resumen de manera muy clara la importancia de este torero.

Cagancho y Curro Puya dejaron marcado un estilo muy difícil de seguir y conservar. Triana lo mantuvo dando buenos toreros, siempre fue cuna y lugar propicio para ello. Uno de los principales exponentes de estas formas tan peculiares, aunque en otros tiempos y con una fiesta totalmente diferente, fue Emilio Muñoz. Su temple, sus andares, sus formas, su lentitud… recordaban ese tipo de destellos.

Cuando todo parecía acabado, salió Juan Ortega como flor perfumada con perfumen de torería auténtica. Profundo y al mismo tiempo lírico y clásico. La muñeca como cincel, la exquisita colocación digna de galería, el pecho por delante como principal estandarte, los albores del pasado en tiempos presentes para el disfrute de las nuevas generaciones.

Lo de Ortega ha sido el resurgir del toreo sevillano con los aromas clásicos de Triana. La Giralda y La Torre del Oro miran ilusionadas al otro lado del río porque un viejo donaire viene a visitarlas. La Maestranza espera su llegada. Septiembre aguarda impaciente. Jaén, Linares y Vistalegre, tres obras grandiosas, tres odas a la tauromaquia. Morón de la Frontera y Villanueva del Arzobispo como destellos de arte que tanto gustan a los aficionados. Lo sucedido en Alicante, también entra en el cupo.

En el toreo, no todo debe ser completo, ahí radica su grandeza. Diferentes, distintas, pero todas con un denominador común, Triana y Juan Ortega. La continuación de una clásica escuela nacida en la calle.

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