Fraguas de singularidad eterna

Francisco Pavón

Son pocos los elegidos para ser torero dentro y fuera de la plaza, lo primero requiere el mínimo valor necesario para estar delante de la cara del toro y unos ciertos conocimientos técnicos que poco a poco se pueden ir adquiriendo. Con la segundo se nace, se tiene o no se tiene, es una forma de sentir única, estar dotado de algo especial, distinto, innato…

Son seres que brillan con luz propia, Curro Romero dijo a Vicente Zabala de la Serna en una entrevista publicada en “Crónicas Volcánicas” algo así como que él había nacido con estrellas, iluminado con algo caído desde el cielo. Curro estaba dotado por esa varita mágica en la forma de coger un capote y en las formas de hacer el paseíllo, a día de hoy lo sigue estando por mediación de la palabra.

El tiempo no me dejó verlo en activo, mi corta edad no me lo permitió, tire de hemeroteca, vídeos y fotografías, el maestro José María Manzanares Padre aunó a la perfección los dos conceptos anteriormente mencionados. Siempre impecable vestido, ya fuera para asistir a un tentadero o simplemente para realizar un entrenamiento. Técnica prodigiosa, naturalidad sublime en cada paso, el empaque por doquier, la escultura perfecta erigida a golpe de preciso cincel acompañadas con gotas de arte. El muletazo infinito creado para crear escuela.

Fue en el especial emitido por Tendido Cero donde verdaderamente me cautivó, descubrí que se podía torear al viento, que se podía torear sin toro. Un derechazo ejecutado con la mano, el cuerpo relajado, entregada el alma, cimbreándose de cadera a cadera para después dejarlo en el aire y volver la muñeca lentamente para deleitar con un inmenso pase de pecho ¡Que despacio fue todo! Eso es el toreo, imaginar de la nada, crear donde no existe, gloria eterna a la torería absoluta.

Llévame a un rincón de su merced, no hay barrio más bonito que el barrio Santiago, cuna del toreo, cuna del cante como diría José Merced, en tres palabras, Rafael de Paula. Desgraciadamente tampoco lo vi, en este caso siento nostalgia por no haber nacido cuarenta años atrás. Rafael fue música celestial para cualquier aficionado, la pureza extrema surgida de la nada en el momento menos esperado, el éxtasis total. Nunca un capote recibió mejor trato que el recibido por las muñecas de Paula.

Rafael de Paula en las Ventas (2006)

Su última gran obra sucedió en Las Ventas (2006), esta vez no necesitó su fiel aliado, ni su principal colaborador, solo con su lento caminar, su paso corto pausado, su sombrero de ala ancha bien calado, su impecable traje gris y un sinfín de detalles inenarrables hicieron Madrid convertirse en Jerez. Ese aroma desprendido queda para la historia, varios segundos, apenas un minuto de pura poesía. La plaza en pie, ovación atronadora, un saludo desde el centro del ruedo entre lágrimas secadas con su blanco pañuelo, el recuerdo de la faena al toro de Benavides del 87 resurgía intensamente, el mito se hizo aún más grande a través de su propia personalidad, tan sentida como bohémica. Cada paso era un lance y cada lance un clamor. Paula no necesitaba más para hacer ver lo que su interior escondía, chispazos de aurea eternos difícilmente igualables.

Fraguas de singularidad eterna, fraguas que no pude contemplar, fraguas con las que sueño, fraguas que todos reconocemos.

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