El invierno oculto del campo bravo

Curro Pavón

Invierno, esa etapa donde una nueva puerta de ilusiones y sueños se abre como un rayo de luz caído del cielo. Los fríos siguen campando a sus anchas por los diferentes cercados. Las fuertes heladas, aunque cada vez en menor abundancia por esto del cambio climático, se siguen haciendo notar y el abrigo se convierte en fiel amigo y compañero. Llegadas estas fechas, la dehesa brava reluce con un colorido especial y la belleza que desprende es tan única como inigualable. Un auténtico paraíso donde el toro es el rey. La ausencia de corridas permite visualizarlo en toda su esencia, una gozada para todo aquel que tiene el privilegio de visitar cualquier ganadería.

El campo se convierte en lugar de culto y santuario para los diferentes toreros. Se avecinan tentaderos, voces de picadores resuenan y retumban entre un silencio sepulcral, y el ganadero adquiere su debida importancia. Su palabra se convierte en profecía que escucha y atiende todo aquel que se pone delante de algunos de sus animales. Las leyes no escritas se mantienen intactas por muchos que pasen los años y cambien los tiempos. Las viejas costumbres y tradiciones que tanto le dieron a la fiesta se deben conservar para su correspondiente devenir. Soy de los que piensan que un buen presente viene precedido de un extraordinario pasado. Aunque no siempre se cumple esta afirmación.

Alejado de esta preciosa práctica que nos regala la tauromaquia, hoy me quiero acordar de todos aquellos matadores que se refugian en sus entrenamientos y esperan esa llamada para hacer acto de presencia. Son muchos los que día tras día viven para el toro y apenas tienen la oportunidad de ponerse delante de una becerra. Las circunstancias, tras esta reciente pandemia, se han agravado muchísimo y las dificultades han aumentado. La principal consecuencia es que las ganaderías se han visto obligadas a reducir el número de existencias, lo que repercute directamente en la cantidad de tentaderos a celebrar.

Una vez solventados los compromisos, apenas queda opción para los diestros que figuran en segunda línea y que tan necesarios son para que la vela se mantenga encendida. A ellos me dirijo para decirles que son una parte fundamental y que dentro de sus propios sentimientos se encuentra oculta una de las verdades más bonitas del toreo. La que surge a través de la afición y esa en la que el corazón, muchas veces, está por encima de la realidad. Nunca decaen a pesar de los miles de momentos e incertidumbres que pueden llegar a pasar y siguen adelante convencidos en sus propias condiciones esperando su oportunidad.

Dijo José Tomás que vivir sin torear no es vivir en aquel diálogo con Navegante, toro que le propicio la cornada en Aguascalientes. Certera sentencia que mantiene viva la llama de todos esos sueños e ilusiones por cumplir…

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