Dos recuerdos morantistas

Curro Pavón

La navidad es esa época del año en la cuál los recuerdos hacen acto de presencia, donde la magia aparece de la nada y la sensibilidad se contagia por los distintos rincones. La musicalidad de un villancico anuncia la llegada del hijo de Dios y toca hacer memoria, en este caso, taurina. Morante deja tardes dentro del 2021 que permanecerán en el recuerdo y que tardarán muchísimo en olvidarse perdurando para el resto de los restos. De los recuerdos también vive este humilde periodista para retroceder a dos momentos puntuales que quedaron grabados en su memoria.

Ocurrió en El Puerto

José Antonio de la Puebla, al margen del resultado obtenido aquel sábado 7 de agosto, consiguió concentrar a las masas en El Puerto de Santa María. Desde que se hizo oficial la noticia, la fecha quedó marcada en el calendario taurino y se palpaba en el ambiente la importancia de un suceso único. Seis toros de Prieto de la Cal en una plaza centenaria tan llena de historia como de solera y prestigio. El recuerdo de Joselito “El Gallo”, más presente que nunca y Morante daba el paso al frente, en solitario.

Llegado el día, la expectación por las nubes, la afición esperando impaciente, la reventa a precio de oro, los aledaños abarrotados, El Puerto engalanado para la ocasión. Tras romper el paseíllo, los acordes del himno nacional rompieron entre vítores y un terno celeste y oro, como queriendo representar el cielo gaditano, acompañado con un precioso bordado de flores, se clavó en los ojos de todos los congregados que abarrotaron los tendidos. La ovación, ensordecedora. Servidor pensaba: “Madre mía la presión que tiene que estar pasando este hombre”.

No salió la apuesta, las reses de Prieto de la Cal, de hermosa lámina, hechuras y muchos con ese característico pelo jabonero marca de la casa, salieron andando lentamente con la cara por arriba derrochando peligro sordo y el torero se fue apagando por la dinámica establecida. División de opiniones al finalizar. Lo hizo, la casta Vazqueña y el encaste Veragua volvieron a relucir en un cartel de máxima envergadura. A su alrededor, Morante movió la tauromaquia. El detalle, ese capote con las vueltas en azul en homenaje a la mitología jerezana. Apareció Rafael de Paula. Nada más que destacar por mí parte.

Silencio en Madrid, torea Morante

Sonaron los acordes del pasodoble “Suspiros de España” y Las Ventas, posteriormente, llena hasta la bandera dentro del aforo permitido, guardó un minuto de silencio sepulcral mientras escuchaba el himno nacional. Doce de octubre, día de la Hispanidad, Morante volvía a Madrid tras cinco años de ausencia, bendito calvario para cualquier afición. La capital del toreo también suspiró cuando José Antonio se apretó y expuso de lo lindo ante las fuertes embestidas de su primero para estirarse a la verónica, especialmente dos, quedaron para la postrimería al igual que las estupendas medias; se llenó de torería al ver ese galleo de frente y con el capote a la espalda para llevar el toro al caballo; y guardó silencio absoluto cada vez que Morante daba los frentes para deleitar a los presentes. Muy pocas veces se da esta circunstancia.

El cuerpo y las muñecas se fundieron con una entrega desmedida para cortar una oreja de ley, de esas que no se olvidan y valen su peso en oro. Morante hacía comprender a Madrid que la espera había merecido la pena y le hablaba con la muleta en la mano en una especie de perfecta sincronización.

Desde los iniciales ayudados por alto hasta la última tanda al natural a pies junto, se produjo el reencuentro. Las Ventas esperaba impaciente, Morante daba argumentos de sobra y se sobreponía a base de tesón y exquisita colocación a unas nadas fáciles embestidas. Con el cite y ese paso adelante, ganaba medio muletazo para que las caderas y cintura hicieran el resto. Que bien esperó al toro y como lo meció en su justa medida, en el recorrido exacto y preciso, siempre muy cerca, siempre muy de verdad. En redondos los derechazos, desparramados y sentido cada natural. Madrid rendida ante tal conquista, Morante confirmaba su rotundidez. Para colmo, se fue detrás de la espada.

Cuando todo parecía acabado, escuchó el verdadero rugido y olé tan peculiar de esta plaza en un precioso baile por chicuelinas. Tan armónico como acompasado, tan flamenco como torero, tan poeta como pintor. Se destapó el tarro de las esencias en apenas un minuto y afloró la libertad desmayada. Puso la rúbrica en el turno de su compañero Ginés Marín, la firma eterna en un cante a la eternidad de Manuel Giménez “Chicuelo”. Silencio en Madrid, torea Morante.

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