Crónica de una vida entregada al toro bravo, a mi maestro Ángel Jiménez

Ángel Jiménez

Curro Pavón

Quiero dejar rienda suelta a mi pluma y escribir lo que me dice el corazón. He sido y sigo siendo testigo de esta historia donde la más absoluta bohemia y el sentimiento más profundo predomina por encima de todo. El lugar, la plaza de toros de Écija, tan olvidada y abandona por unos políticos de turnos que desconocen su propia historia. El personaje, Ángel Jiménez, mi maestro y joven promesa. En su interior, el pensamiento de ser figura del toreo, con todas las letras y seriedad que imponen estas cuatro palabras que acabo de mencionar. Con ello sueña en noches de luna llena y despertares a la luz del amanecer.

Vivir para cumplir un sueño, vivir sin torear no es vivir, dijo José Tomás en aquel dialogo con Navegante, el astado que le propició la cornada en Aguascalientes. Vivir dormido con el toro es la mente es lo que hace nuestro protagonista día tras día. Digo dormido, porque su tauromaquia viaja por el túnel del tiempo para buscar la más pura esencia del toreo. Lo más bonito de todo, es que a pesar de los muchos intentos, nunca he conseguido encasillarlo en una época concreta ni identificarlo con un momento puntual de la historia. Hablo con conocimiento de causa y presiento en primera persona.

Bebe de las fuentes más joselitistas y se siente atraído por el personaje de Juan Belmonte. Se inspira en Rafael de Paula, Aparicio, Romero, Manzanares padre, Morante de la Puebla…, observa la distinción de Antonio Ferrera y cuando va a Córdoba, dialoga con la figura de Manolete. Nunca pierde la esencia para buscar el compás más hondo de la más preciada bulería. Suena Jerez más que Sevilla, Cantarería, San Miguel y Santiago, lugares donde los flamencos se inspiraron, donde selectos toreros se sintieron más toreros.

Por estas calles camina Ángel Jiménez bajo el son de sus lentas muñecas, siempre despacio, como acaricia su capote y acompaña las embestidas en el más preciado de su lance. Es un barco velero que se mece sobre la suave tempestad dentro del agua más pura y cristalina. Un manantial de dulzura que brota de la nada para crear una magia especial. Un verso tan suelto como libre, lleno de poesía en movimiento.

Su muleta es un pincel, un fino brochazo del más preciado de los grandes pintores para dibujar sobre el albero una obra al alcance de Julio Romero de Torres, Pablo Picasso, Murillo o Velázquez. El poema más profundo que Manuel Benítez Carrasco dedicará a su querida Andalucía. Suena distinto, y al mismo tiempo todo es clásico para reafirmarnos que el toreo ha sido, es y será por siempre como es el toreo. Como lo iniciaron Costillares, Pepe Hillo y Pedro Romero, continuaron Lagartijo y Frascuelo, explicaron a la perfección Joselito y Belmonte, prosiguió Chicuelo y culminó Manolete con la Edad de Plata de por medio y esa escuela sevillana nacida en Pepe Luís Vázquez que nunca debemos olvidar.

Me pierdo por la historia como me puedo perder por Écija, su pueblo y el mío, para describir la tauromaquia de Ángel Jiménez. Once torres replicando al compás de pasodoble y una la contempla en silencio, con especial misticismo. La de su barrio del Puente, aquí se encuentran sus orígenes, sus sencillas formas y humildes maneras que luego son reflejadas delante de la cara del toro. Su temple es paso de palio como cuando la hermandad de la Yedra entra por su templo cada noche de lunes santos. La iglesia de Santa Ana se convierte en fiel espectadora como rosa perfumada espera en el tendido la más sentida faena. Desnuda su alma cuando visita la calle Zamorano y un mar de emociones sobrevuela su alma. Su arte es desgarrador, al tiempo que sensible y sentido.

En la plaza de toros de Écija se encentra su santuario, allí invoca a los dioses del toreo eterno y se inspira en el flamenco más profundo en largas secciones de entrenamiento. Pasó más de un año del día de su alternativa y el pasado 19 de junio, Utrera bailó al son y compás de su tauromaquia recordando cantes añejos perdidos con el paso del tiempo. Utrera fue partícipe de esta historia. Utrera fue Ángel Jiménez con las necesarias debidas imperfecciones sin nada rotundo ni completo, ahí radica la grandeza. Continuará…

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