Bajo las pisadas de un mito convertido en leyenda

Francisco Pavón

Se acerca el 2 de mayo, por mi memoria aparecen los recuerdos del último festival celebrado en Las Ventas de Madrid. José Miguel Arroyo “Joselito” y José Antonio Morante de La Puebla mano a mano en aquel mágico 1 de abril de 2006. Ese día muchos descubrimos que el toreo es una expresión del alma, una forma de sentir, una forma de andar, una filosofía de vida surgida en el barrio de Santiago. Se puede torear sin toro y poner en pie a 24.000 personas.

Claro, para eso uno tiene que llamarse Rafael de Paula y tener esa personalidad tan flamenca, honda y bohemia como la demostrada en cada paso dado por el ruedo. Era el homenaje de la afición madrileña a algo más que una figura del toreo. Paula fue maestro, la fragua de gitanería antigua, añeja y barroca nacida en Jerez, el verdadero compás salido de la nada, aquella poesía del gran Antonio Machado. “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”. Paula ando por los albores del pasado para trasmitirnos el recorrido que siempre tuvo la cadencia del más preciado de su lance. Morante y Joselito recibieron una clase de torería y naturalidad al alcance de ninguno.

Como toda obra de gran calado fue efímero, apenas bastaron segundos para que Rafael realizará una de las faenas más preciadas. Sin capote, sin muleta, solo con su lento caminar volvió a ser ese torero puro para el deleite de los aficionados. Andares rítmicos, armónicos, la tauromaquia de los 70, 80, 90 tan señorial y distinta plasmada en su figura siempre erguida. El arte entre las artes, lo clásico del más absoluto clasicismo en grado mayúsculo.

Vestido impecablemente, traje gris marango, camisa blanca abrochada hasta el último botón y sombrero de ala ancha, creo recordar calado en la ceja derecha. Pisó la arena en el tercio, un paso, otro… Hasta llegar a los medios se pararon los relojes del tiempo, la lentitud infinita, lo que dura segundos se hizo una eternidad porque el sentimiento más profundo hizo presencia. Vio su vida pasar, su obra, sus tardes de triunfos y fracasos… Posiblemente escuchara el silencio, a solas con su soledad entraría en el misticismo que invade al personaje y que verdaderamente nunca nadie puede llegar a comprender. Solo él y sus pensamientos conocen lo sentido.

Cuando llegó al centro, mirada al frente, se despojó su sombrero, levantó su mano y con el suave tacto que siempre salió de sus prodigiosas muñecas giró su cuerpo al ritmo de bambalinas. Todo clase, todo compás, todo Rafael de Paula para dejar en los anales un saludo para la historia, un lance prodigioso difícil de olvidar. La ovación fue rotunda, Madrid notó la sensibilidad trasmitida, Madrid supo ver lo que se estaba viviendo en su ruedo, Madrid sabe captar a la perfección cuando algo importante ocurre y se entrega sin complejos.

A la vuelta, lloraba el genio, las lágrimas brotaban por sus ojos en una muestra de abandono absoluto, estaba roto como cuando inmortalizó a aquel toro de Benavides en el año 1987. Su blanco pañuelo era tela privilegiada, palpo el sentimiento en los ojos de Rafael, se entrometió en su oscuridad con el mimo necesario para hacer el momento aún más grande.

Camino del callejón, la pluma de mi admirado Vicente Zabala de la Serna se preparaba para hacerlo eterno y no quedará en el olvido. Así fue “El último paseíllo de Rafael de Paula”.

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